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24 nov. 2016

París no siempre fue una fiesta

El siguiente cuento fue publicado en Sweek, un sitio para escritores. Actualmente hay un concurso para el relato más punteado. El mío está en este link : París no siempre fue una fiesta.

A continuación, el cuento completo por si no pueden acceder a Sweek:

París no siempre fue una fiesta, sobre todo cuando a la mitad de la noche tienes que entrar con tu madre a una casa extraña y hablar con gente desconocida que está allí para burlarse de un gigante feo y deforme. Pobre criatura monstruosa solitaria que grita de dolor todas las noches frías como el mar vestido de negro; y yo, que jamás he visto a este infrahumano, me escondo de las hordas de comensales y parloteos incesantes. Mi madre quiere irse, yo quiero encontrar un lugar; mi madre desaparece y con ella los invitados que van perdiendo interés en la criatura. Me he quedado sentada en el sofá verde, esperando a que termine la sinfonía del silencio para poder consumar mi misión El sonido del llanto animal irrumpe y tiñe de aguas inefables el reino de la noche clara en medio de mi estupor y curiosidad inhumanos; el monstruo emite alaridos crípticos que parecen hacer temblar los cimientos de la tierra y con ella los últimos rescoldos de mi osadía. He de acercarme a hablarle pues entiendo lo que quiere; así que abandono la monotonía verde, estiro mis pupilas para oler mejor el territorio ignoto; guío mis pasos hacia la celda prohibida. Atravieso un corredor beige adornado con hermosos cuadros de pintores muertos, una recepcionista pregunta mis motivos. La criatura me llama. Los metales del engranaje graznan como cuervos, yo me pregunto si vale la pena arriesgar monotonía por fealdad. Camino con los ojos cerrados mientras escucho girar la llave en la cerradura hecha a mano, la luna azul ilumina mis pasos de sol escondido y entro en la oscuridad del hogar salvaje. Él tiene un ojo solamente, grande y blanco como el vacío; su cabeza se derrama sin fin sobre el cuerpo arrugado y fofo, las cadenas se fusionaron con su estructura ósea. El alarido inefable que reina la noche ha huido por los rieles del viento. Me observa imperturbable, hace ademán de acercarse, retrocedo con pánico; estira su hórrido brazo de cera para tranquilizar al breve huésped, pero es tarde, me he esfumado.
Mis piernas corren a viva voz por el asfalto asoleado, escucho el pequeño alarido que me llama y declara su amor, cada vez más lejano. Olvido y estiro mis bronceadas piernas para correr como un gigante que va encogiéndose de felicidad. El paroxismo es tal que he decidido abrir mi pecho y dejar salir algunos pájaros. De mi boca surgen aullidos de lobos salvajes escalando la luna. Mis huesos olvidan su naturaleza humana, la piel se transmuta en una bestia magnífica cuyos pasos invaden el universo y acompañan la voz de un ser sobrenatural. Soy una Bestia que escala avenidas y pistas insignificantes, trepa las paredes de la noche con soberbia. Los humanos sólo observan la destrucción de su pequeño mundo a manos de mis garras inmortales, y me observan, queriendo descifrar algún sonido. Es tarde: la ciudad de la luz se ha sumergido en tinieblas.





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