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19 ago. 2017

A pesar de todo, sigo escribiendo




«Deja de escribir, con eso no llegarás a nada. Búscate un trabajo...»
, habían sido las palabras del progenitor de Eduardo Mendoza, premio Cervantes 2017. Y es que si Ud. es escritor y está leyendo esto, probablemente sienta que en algún momento de su vida alguien le insinuó algo similar, quizás animado por la inercia o el deseo de parecer más sensato. ¿Alguna vez ha sentido que cuando lee o escribe, la culpa de hacerlo asalta las paredes de su mente y una voz le dice: «deberías trabajar en algo realmente productivo, que dé dinero»; seamos honestos, a menos que Ud. sea Mario Vargas Llosa o Isabel Allende, lo más probable es que no viva de su literatura, y ahí sí que tenemos un grave dilema, porque para dedicarse al arduo oficio de escribir es necesario contar con el tiempo adecuado. Quiero decir, que si realmente se quiere llegar a destacar en las Letras, se tiene que publicar libros, y éstos no se escriben solos, hace falta una dosis de entrenamiento, de lecturas, de ejercicios creativos, de amplitud de vocabulario, y plasmar una idea en el papel (o en la pantalla) de manera estética, coherente. Oí alguna vez que ya todo había sido dicho por filósofos griegos como Platón, que lo demás es una simple derivación. Si esto resultara cierto, tenemos magistrales derivaciones como la obra de Shakespeare, de Dante Alighieri, de James Joyce, de Marcel Proust. Pienso que gran parte del pensamiento occidental fue derivado de la filosofía, pero tengo la esperanza, conservo la fe, acaso delirante, de que aún faltan palabras por decirse. ¿Cuál es el poema más grandioso de la Literatura Universal? ¿Cuál es el cuento más grandioso de la Literatura Universal? ¿Cuál es la novela más grandiosa de la Literatura Universal? Si Ud. cree saber la respuesta a estas preguntas basado en un estudio de algún erudito, ¿para qué escribe? Si no sabe la respuesta, ¿qué espera para escribir la mayor obra de la Literatura Universal? Porque, si no vamos a ser los mejores en lo que hacemos, ¿de qué sirve que lo hagamos? Existen muchos poemas que expresan de modo grandilocuente la belleza de la vida. Desde mi experiencia personal, es muy difícil escribir desde la felicidad, la tristeza resulta más viable para derramarse sobre el papel y fluir; por ello admiro y releo a poetas como Walt Whitman: «Al subir por las escaleras me detengo a reflexionar si no estoy soñando, / La madreselva en la ventana me satisface más que la metafísica de los libros». Estamos hechos de palabras, esa madreselva solo existe a través del poema, y el poema quedará inmortalizado en el libro. De modo tal que la metafísica aquí cumple una función aún más profunda y esclarecedora: no existe lo uno sin lo otro, a pesar de anteponer lo uno frente a lo otro. En ocasiones me pregunto cómo es que algunas personas tienen miedo de la soledad, yo tengo miedo de que se acaben los libros. Otro de los terrores que tengo es se acabe la eternidad, que el universo en realidad sea finito. Pero al escribir ese temor, un fragmento de él desaparece, y ya no es tan fuerte.




Escribir o no escribir, he ahí el verdadero dilema. Yo no tengo tanta mala suerte como lo tuvo Eduardo Mendoza, pues mi padre nunca me dijo semejantes palabras. He sentido que a pesar de las muchas muertes, mi familia ha estado ahí, apoyándome en esta locura de querer escribir y publicar. Recuerdo la primera tentativa de publicación, un librito llamado Prosternación que narra las aventuras de una muchacha extraña con tendencias lésbicas (autobiográfico); un poemario en Inglés llamado Rain que habla de la lluvia como metáfora de los sentimientos. Esperé cinco años para volver a publicar un libro, un poemario llamado El Ángulo Abierto de la Noche, del cual estoy orgullosa. Recientemente publiqué Planeta Délfico y otros cuentos, libro que recopila trabajos escritos a lo largo de diez años que espero tenga buenos frutos.  A pesar de todo, sigo escribiendo; actualmente tengo un proyecto de novela de largo aliento. Independientemente de mis pretensiones en la vida, no podría dejar de escribir, es como dejar de sonreír, o  dejar de mirar al cielo en busca de una nube en forma de pájaro. 

«Escríbele hasta que te enredes en los hilos del lenguaje y caigas herida de muerte», escribió Alejandra Pizarnik, una de las poetas que más admiro. Su vida fue bastante triste, amó y se inmoló por la Poesía como un pez fuera del agua surca los cielos para alcanzar sus sueños. Hay una fuerza desconocida que nos impulsa a seguir luchando, ya sea para morir o para vivir. Alejandra se quitó la vida; yo no creo tener las agallas para hacerlo, prefiero este morir lentamente al compás de un envejecimiento atroz, de un envejecimiento que también temo. Pero la fortaleza es también una debilidad, cuando nos enreda de sus hilos y caemos, ebrios de amor por la belleza de la Literatura.  

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