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18 ago. 2017

El espíritu de los libros




«Siempre imaginé que el paraíso sería algún tipo de biblioteca», dijo Borges alguna vez. El sabio Borges, quien creciera entre libros y Literatura, nunca fue sucinto al expresar su amor por los libros. Cuando le preguntaron, en una entrevista, qué consejo daría a los jóvenes que quieren ser escritores, afirmó sin reparos: «Que lean, porque quien no ha leído Las Mil y una noches... (hizo un gesto de desaprobación)». El controversial Borges, quien afirmara que no había leído a Mario Vargas Llosa, y que se había abocado a leer los clásicos, que no leía Literatura contemporánea. El genio y maestro Borges, ante quien nos sentimos tan pequeños frente a su vasta cultura, y cuyas opiniones atesoramos en secreto. Él tendía a elucubrar muy a menudo el verso de una Antología de Literatura Persa: «Luna, espejo del tiempo». No es un secreto que le obsesionara la luna, los espejos, el tigre. Personalmente he leído algunas de sus obras (El Aleph, Ficciones, Historia de la Noche, Historia de la Eternidad, El Otro, el mismo; Fervor de Buenos Aires) y disfrutado de algunas de sus entrevistas; por ello quiero compartir el fragmento de uno de sus cuentos (uno de sus cuentos mayores en mi opinión):

«Vi el universo y vi los íntimos designios del universo. Vi los orígenes que narra el Libro del Común. Vi las montañas que surgieron del agua, vi los primeros hombres de palo, vi las tinajas que se volvieron contra los hombres, vi los perros que les destrozaron las caras. Vi el dios sin cara que hay detrás de los dioses. Vi infinitos procesos que formaban una sola felicidad y, entendiéndolo todo, alcancé también a entender la escritura del tigre».
Borges, La escritura del dios

Diálogo entre Octavio Paz, Borges y un escritor mexicano.


Es sabido también que Borges manifestaba estar más orgulloso de sus lecturas que de los libros que había escrito. Una de las novelas que afirmaba era de las mejores, es el Corazón de la Tinieblas de Conrad. También Madame Bobary de Flaubert. De Whitman no hablaba muy bien, tildándolo de inculto en una ocasión. Luego, después de lanzar sus sinceras apreciaciones sobre determinados autores, decía: «Pero es mi humilde opinión». Algunos interpretan la actitud de Borges como falsa modestia. Yo pienso que era su modo de ser y estar en el mundo. Lo percibo como un ser profundamente inadaptado a la vida social, un príncipe que se refugia en su torre de marfil, con sus libros y su escritura, para juzgar todo y cuanto se le presente en frente, con esa autoridad que le confieren los años de constante lectura y estudio. La lectura, ¿es acaso un ejercicio molesto, obligatorio, desabrido; o se trata de un placer estético superior?

*

«Un libro es un regalo estupendo, porque muchas personas sólo leen para no tener que pensar», dicta la frase de André Maurois. Resulta en exceso controversial, al menos para mí, leer esta sentencia y reflexionar al respecto, porque mi vida ha girado en torno de la lectura y la escritura desde siempre. Cultivar el hábito de la lectura no solo ha sido posible gracias a los maravillosos autores y sus geniales mentes, sino a un alto grado de constancia. Recuerdo la transición que tuve que pasar entre leer libros de cuentos para niños y mi primera novela para adultos, la cual fue Mujercitas de Louisa M. Alcott. La segunda novela, que leí a los diez años (quizá muy temprano) fue Un mundo para Julius de Bryce Echenique. Evoco aquellas tardes de férrea lectura, pues me había propuesto terminar el libro, que para mí resultada muy grueso. Y digo férrea, porque me resultó muy difícil comprender gran parte de los pasajes del libro. El estilo de Bryce es único, y tiene esquinas que se bifurcan en avenidas redondas, edificios en medio de la pista, calzadas invisibles... Lo poco que pude comprender me resultó muy gracioso, en ocasiones triste; lo esencial es que no me detuve hasta alcanzar mi objetivo y así, en casi dos meses, terminé de leer el libro. No contenta con ello, a continuación me propuse leer Los ríos profundos de Arguedas. Era un libro corto, pero muy denso; de igual manera, a fuerza de voluntad lo terminé de leer y celebré mi pequeña victoria exigiéndole a mi madre que me comprara No me esperen en Abril de Bryce. Fue el reto mayor, pues tenía más de quinientas páginas. Tere y Manongo, los adolescentes a través de los cuales viví mi adolescencia. Lo que quiero decir es que la lectura requiere estrategia. En un principio parece que es una nube negra donde las palabras son rayos que se difuminan, pero una vez que se sobrepasa la barrera del hábito, leer deja de ser una obligación y se convierte en disfrute, en un momento de gozo, de solaz (y como bonus extra, uno termina teniendo buena ortografía). Creo que está bien que escritores como André Maurois diga que leer equivale a no pensar; sin embargo pienso que leer es también un puente que invita a la reflexión, que llama al pensamiento como ejercicio mental. Leer un libro es también una conversación, un diálogo, quizás el diálogo más abierto que pueda existir, como cuando uno conversa consigo mismo y se planeta las preguntas que le da la gana, sin temores ni preocupaciones. He ahí el valor de la lectura y de la soledad.

Concluyo con la frase de Emerson: «Una biblioteca es un gabinete mágico en el cual hay muchos espíritus hechizados y esos espíritus despiertan cuando los llamamos». No olvidar que un libro es una invitación a la aventura, a participar de otros mundos, a ser otras personas. Seamos pues, parte de ese hechizo, los beneficios son todos maravillosos e irremplazables.



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