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10 sept. 2017

Un día Ella se manifestará en toda su magnitud




«Hablamos de ascetismo cuando se es más fuerte que uno mismo. La forma básica de la vida ascética es la que se manifiesta en el piano beethoveniano: deja estallar libremente la pasión y luego, en el último instante, antes de que nos arrastre, vencerla. Así se vuelve el hombre más fuerte que él mismo», escribió Hamvas, gran escritor y filósofo húngaro. Y es que cuando se trata de vencer, no hay peor enemigo que uno mismo, sobre todo cuando se trata de instintos carnales propios del ser humano. Aunque llevar una vida ascética resulte más difícil de lo que uno podría imaginar, es posible entregarse a la austeridad, ser abstemio, llevar una vida saludable tanto física como mentalmente, y alimentar el espíritu con Arte y Literatura, con conocimientos de lo místico y aquello que no encuentra explicación en la ciencia. La vida es demasiado corta, ¿por qué no llenarla con cosas bellas, que elevan el espíritu y enaltecen la existencia? Leer a grandes pensadores(as) y filósofos(as), leer y deleitarse con las obras literarias inmortales, pero saber apreciar lo contemporáneo cuando lo merece. «Si quieres conquistar el mundo entero, conquístate a ti mismo», escribió Dostoyevski; el Arte de vivir no tiene un mapa, y todo sigue siendo un misterio que, al parecer, solo podrá ser descifrado con el advenimiento de la muerte. Mientras tanto conviene reflexionar sobre el sentido de la existencia, y encontrar un anclaje en el proyecto de vida: «¿Para qué casarse cuando tiene usted bastante con los placeres intelectuales?», plantea Dostoyevski en su obra Los demonios. Y es que casi siempre las personas terminan comprometiéndose en relaciones que, a mi juicio, resultan asfixiantes, acaparadoras, y basan su unión en el matrimonio, una institución que más que edificante resulta tediosa, insana, llena de opresión, en especial para el género femenino. La posterior maternidad no hace más que agravar la condición de la mujer, quien está en permanente desventaja, y sus funciones se reducen al ámbito doméstico, de por sí humillante. Ella está llamada a llenar un molde, a ser madre, esposa, mujer trabajadora en algunos casos, y cumplir esos roles sin trastabillar. Ella corre muchos más riesgos, el peligro de ser ultrajada, acosada, asesinada, por el hecho de ser mujer solamente. Soy mujer, pero no me siento parte de este sexo, podría pensarse que he tratado de masculinizarme, pero tampoco quiero ser varón, ni pretendo serlo. Me encuentro en una búsqueda por saber quién soy en realidad, y, en ese camino, encuentro que la violencia del machismo se opone a las respuestas violentas de un feminismo que, aunque no se contrapone a él, pretende ser como él en su metodología, tomando como centro de referencia al varón, quien siempre aparecerá como figura todopoderosa, superior. Ha sido muy difícil leer sobre Estudios de Género, y, aunque muchos de los enfoques y teorías feministas ayudan a entender la situación de la mujer en la actualidad, es un problema que deja muchos cabos sueltos, y, en lugar de ocuparnos de cuestiones más trascendentes, como el verdadero sentido de la existencia, nos limitamos a escribir manifiestos reclamando derechos que nos son inherentes. Redundancia. Por ello, hay épocas en que ignoro esta disyuntiva, y me dedico por entero a la Literatura, aunque hay una voz que está latente, que me llama y me dice que es menester contribuir con soluciones al problema de la mujer.

Volviendo a la cuestión inicial, el ascetismo, que encuentra su origen en una propuesta moral religiosa, presente en la filosofía de Platón, exige una purificación del alma a través de ejercicios espirituales contundentes. Viene a mi mente la rutina de San Ignacio, quien, primero soldado de hombres, luego se convirtió en aspirante a "conquistar el Reino de los Cielos", y se sometía a torturas diversas que lo dejaban al borde la muerte. De este modo pudo vencer sus bajas pasiones y dominó su cuerpo como pocas veces se ha visto. El Arte de vencerse a uno mismo del que habla Hamvas, y que encuentra eco en música de Beethoven, es clave para llegar a un entendimiento veraz de la naturaleza humana, recordar quiénes éramos en el principio, antes de ser sometidos a los cánones patriarcales de la sociedad. Se dice a menudo que quienes escriben la historia son los vencedores, y dicho razonamiento tiene coherencia en tanto que quienes han construido el mundo tal y como lo conocemos, son, en su gran mayoría, varones. Por ello las mujeres somos ese Otro del que habla Simone de Beauvior, gran filósofa y escritora del siglo XX. Somos seres pertenecientes a una otredad, encarceladas en nuestro propio cuerpo concebido como matriz reproductora, reducidas a un mero objeto erótico. Entonces, ¿cómo liberarse de esta celda patriarcal? Por el momento no encuentro mayor liberación que el Arte y la Literatura, que la espiritualidad, pero esa espiritualidad exenta de tabúes religiosos, de estructuras machistas pensadas para someter. ¿Dónde está esa espiritualidad, verdadera, única y eterna? Solo en el fragor de mis sueños he podido vislumbrar sus resquicios. De cualquier manera, es menester seguir persistiendo, porque los sueños cobran vitalidad y puede que un día, Ella se manifieste en toda su magnitud.



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